Concurso de relatos #HistoriasdeAnimales

¿Quién salvó a quién?

¿Sabes cuándo la vida te demuestra que no eres la persona fuerte que siempre creíste ser? ¿Sabes cuándo no eres capaz de asumirlo y te encierras en ti, intentando que se note lo menos posible?

Este relato tiene relación con eso, algo que piensas que sólo te pasa a ti, pero que ahora que se empieza a hablar de salud mental, compruebas que es más habitual de lo que te gustaría.

Como solía ser una persona empática quiero compartir esta historia, por si le ayuda a alguien en una situación similar.

No voy a relatar que circunstancias se dieron para vivir casi confinada (años antes de la pandemia), porque no es relevante y quizás demasiado largo. Simplemente voy a describir el escenario.

Prácticamente no salía de casa aun siendo verano, época propicia para una mayor vida social. Me relacionaba con un entorno muy cercano y aunque parezca contradictorio, manteniendo las distancias. Al menos, en lo referente a lo que me estaba pasando, porque no podía explicarlo sin derrumbarme.

Para no perder el contacto con lo que ocurría fuera de mi burbuja, recurría a visitar las redes sociales. Y en eso estaba una noche, cuando apareció un aviso de una protectora sobre un cachorro abandonado. En pocos días, era la segunda vez, que me topaba con el abandono de un cachorro de pastor alemán. ¿Sería una señal? El primer perro que entró en casa de mis padres fue un pastor alemán.

La vez anterior, la entrada de esa protectora se llenó de comentarios interesándose por una acogida o adopción. Pero en esta ocasión, quizás por las horas nocturnas, las pocas personas que escribían se referían a una posible acogida al día siguiente.

No sé porque, o quizás sí, pero a pesar de estar pendiente de una llamada importante, no pude apartar mi atención de esa petición urgente. Y algo se me encogía al mirar la foto del cachorro y leer que nadie se hacía cargo esa noche, aunque la protectora insistía en que era tan pequeño que no lo podían dejar con el resto de perros que tenían.

Así que sin pensarlo ni comentarlo, casi como un impulso; escribí por privado a la protectora indicándoles que si no les aparecía otro pretendiente, esa noche lo acogía yo.

Atendí la llamada esperada y cuando colgué, inmediatamente volvió a sonar mi móvil. Era la protectora, si no me había echado para atrás, me traían al cachorro en un ratito.

Ratito que tuve que aprovechar para contarle a mi pareja en el lio o no, en el que nos había metido. Se quedó perplejo, pero para mi sorpresa no intentó disuadirme cuando le enseñe la foto, a pesar de ser alérgico al pelo de perro.

No tuvimos mucho tiempo de espera, enseguida sonó el timbre y allí apareció una mujer con un perrito pequeñín, en cuya mirada se apreciaba el miedo que sentía.

Mi pareja cogió al bichín en brazos intentando tranquilizarle y le dijo a la protectora que ese animal ya no saldría de esa casa. Así que como era casi madrugada, quedamos al día siguiente para que nos explicase cómo era el tema de la acogida o adopción.

Antes de irse, nos puso en antecedentes de dónde y cómo habían encontrado a ese animal. Y ahí va el pequeño drama:

Era última hora de la tarde de un día cualquiera de finales de julio, en una plaza rodeada de tiendas de una ciudad pequeña. Por las fechas, el calor y el horario, no había mucho trabajo y las dependientas de una de las tiendas de esa plaza, se entretenían con el poco trasiego de personas que pasaban por delante del escaparate. De repente, les llamó la atención una señora de mediana edad con una niña pequeña, estaba atando un cachorrito a una farola cerca de unos contenedores de basura. El perrillo no paraba de ladrar, sobre todo cuando alguien dejaba caer la tapa de algún contenedor.

Ellas pensaban que volverían enseguida a por el animal, pero pasaban los minutos y nadie volvía a por el perro. Les parecía inverosímil que alguien abandonara a un ser vivo, delante de un menor. Pero llegó la hora de cierre del establecimiento y nadie se había acercado al pobre cachorro, salvo ellas para tratar de tranquilizarle.

Decidieron recogerlo y contactar con alguna protectora de la ciudad para que pasaran a  buscarlo. Les costaba asumirlo, pero la tal “señora” había abandonado a un perro de unos dos meses, delante de una cría de humano. Menudo ejemplo de vida.

Lo que pasó después ya lo sabéis, el aviso en las redes fue visto por alguien que necesitaba que otro ser vivo dependiera de ella.

Alguien que estaba en una especie de pozo y que a pesar de contar con el apoyo de otras personas, solo resurgió  siendo el sustento de un animal desvalido. Un animal que nunca iba a juzgar sus actos, que siempre sería fiel y leal, aunque a veces no entendiera.

Nym, el cachorro de pastor alemán, que resultó ser hembra (confusión de la protectora) lleva cinco años en nuestra familia, haciéndonos mucha compañía y siendo la compañera de juegos de nuestro hijo.

Gracias a ella, volví a salir varias veces al día y a socializar, cuestión que es muy fácil con un cachorro puesto que suelen llamar la atención y además permite hablar de necesidades que no son las de uno mismo.

Nym estaba llena de miedos, pero yo también. Y por eso no puedo dar respuesta a quién salvó a quién.

Esta es mi historia, soy consciente de que una misma terapia no tiene porqué ser la adecuada para todo el mundo.

Pero siempre diré que mi perra fue y será mi terapeuta.

8 comentarios en “Concurso de relatos #HistoriasdeAnimales

  1. Acabo de leerlo… ¡Qué bonito, Ana!
    En este camino nos encontramos con personas, nos separamos, nos volvemos a encontrar (…o no), y siempre aprendemos. Pero «ellos» están aquí para encontrarnos, para salvarnos y acompañarnos, como si fuesen nuestro «ángel de la guarda», en todo momento a nuestro lado. Cuán afortunado es aquel que se deja acompañar… y crecer.
    ¡Un beso enorme!

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